La crítica de “Ocio y más Madrid”.

“Flashdance” fue una película que marcó una época y a toda una generación. “Maniac” y el oscarizado tema “Flashdance… What a feeling” forman parte de la historia de la música de la década de los 80 y cuando los escuchamos no podemos reprimir entonar (el estribillo) e imitar tímida (o desenfrenadamente, si estamos solos) algunos pasos de baile.

El Teatro Nuevo Apolo de Madrid acoge el musical basado en el archiconocido filme, narrándonos la historia de la soldadora más famosa del mundo, Alex Owens, encarnada brillantemente por la actriz Amanda Digón. Su voz prodigiosa nos puso los pelos de punta, con una potencia arrolladora y unos agudos melodiosos sostenidos que hicieron saltar chispas en el escenario. Y como bailarina ejecutó la coreografía diseñada por la prestigiosa Vicky Gómez con un dominio de la técnica espectacular, tanto en los bailes más “cañeros” como en los de corte clásico.

Su partenaire, Sam Gómez, como Nick -el jefe encandilado y seducido por los encantos de Alex- posee también una voz magnífica, solvente, que empasta perfectamente con la protagonista, despertando la admiración y los aplausos del público asistente.

Pero ahí no acaban las grandes voces y bailarinas: Sandra Cervera -en el papel de Gloria- nos emocionó especialmente en las partes más duras y dramáticas del musical, con un quiebro en la voz que contagiaba dolor, desesperanza y lástima; además, el resto de actrices demostraron ser poseedoras de una garganta privilegiada, entonando sin desafinar mientras danzaban o adoptaban posturas casi de malabaristas.

Amparo Saizar, como Hanna, es un “Pepito Grillo” tierno, consejera encomiable de Alex, repleta y rebosante de una voraz alegría de vivir.

“Flashdance” es una gran historia de amor, pero sobre todo una gran historia de superación de miedos, carencias e inseguridades, a través del talento y de la ayuda que nos proporcionan los que nos quieren y nos protegen, a la que no debemos renunciar para conquistar nuestros sueños. En definitiva, “Flashdance” es un alegato en forma de musical en el que el optimismo y la fe en uno mismo juegan un papel determinante en la consecución de unos objetivos vitales y emocionales a los que tenemos derecho y nos merecemos.